Ciudadanos de oro: eutanasia institucional

Dr. Luis Gerardo Jiménez Arias, Ph.D (*)

Bioeticista de profesión


El mundo ha sufrido muchas pandemias, de hecho, convivimos con varias de ellas, tales como la influenza y el VIH. El COVID-19 no es el primero ni será el último de los virus que afecta a los humanos, hemos evolucionado juntos.


Las consecuencias de esta última pandemia han sido terriblemente devastadoras para las economías. En muy pocos meses, una partícula invisible al microscopio de luz ha cambiado nuestra norma de vida y de ver las cosas, creando nuevos retos, no solo a la economía y a la sociedad mundial, sino a la ciencia y a la bioética, que es nuestro tema en estas siguientes líneas.


No todo es malo ni debe verse como tal. El COVID-19 ha desnudado a organismos mundiales, como la OMS, y ha expuesto sus debilidades, pero también, en el mundo de la ciencia, nunca se había trabajado tan rápido para lograr un abordaje terapéutico que disminuya el impacto en el número de muertes. Esta pandemia nos ha mostrado la gran importancia de la cooperación entre la industria farmacéutica mundial y los estados para desarrollar, en tiempos récords, una vacuna, y producirla en un lapso relativamente corto y respetando los lineamientos éticos.


Por otra parte, desde el enfoque bioético, nos ha ayudado a comprender que la bioética institucional, basada en cuatro principios éticos médicos: beneficencia, la no-maleficencia, la autonomía y la justicia, es útil, tanto en tiempos ordinarios como en circunstancias extraordinarias, pero que, en circunstancias extraordinarias, como son los tiempos de pandemia, debemos agregarle otros principios éticos, ya que el paciente no solo es una víctima del virus causante del COVID-19, sino que también es vector y debe verse como tal: víctima-vector. Por lo que es digno de atención, pero a la vez representa una amenaza a la salud publica así, sus derechos individuales se ven limitados a los derechos colectivos.


Les corresponde a los gobiernos velar porque estos principios se cumplan, ya que, en todos y cada uno de los principios que rigen la ética médica, pueden haber abusos, de manera tan sutil que los mismos profesionales en salud no lo perciben o, peor aún, lo ven como actos médicos correctos, cuando en realidad contradicen el acto médico que, por su naturaleza, no ve solo enfermedades, sino que ve personas en sus pacientes y debe siempre procurar, ante todo, no hacer el mal.


Uno de estos principios que se ve violentado es el de autonomía, el cual se ve de por sí limitado con las normas de confinamiento, aislamiento social, empleo y demás, pero, también, este paciente, víctima-vector, puede verse afectado por las decisiones del médico tratante, pues, este podría, por ejemplo, prolongarle la muerte (lo que llamamos distanasia) o no proveerle ventilación, hidratación o nutrición y demás cuidados paliativos (lo que conocemos como eutanasia pasiva). Estos son actos médicos que, por su omisión, matan al paciente.


El otro principio es el de justicia, este establece que se le debe dar a cada cual lo que a cada cual le corresponda y, en este caso específico, se deben distribuir los recursos médicos basados en el principio universal de primero en tiempo, primero en derecho. Sin el criterio de “primero en llegar, primero en ingresar”, obviamente tomando en cuenta el estado de salud del paciente como único factor, no se estaría cumpliendo con este principio, pues tomar en cuenta la edad, la esperanza o las probabilidades de vida constituye un acto discriminatorio odioso y en contra del código de ética médica y del acto médico promulgados por el Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica. Entonces ante todo para cumplir con el principio de justicia se debe de admitir a la gente conforme van llegando y atenderla e ingresarla en el centro médicos conforme la gravedad de su condición de salud, no conforme a criterios sesgados y subjetivos de esperanza de recuperación. Constituyendo esto en un acto selectivo eutanásico,


Por ninguna razón se deben de excluir, bajo este criterio, a pacientes con padecimientos de origen distinto al COVID-19, es decir, que se le debe admitir igual a un paciente de 90 años con cáncer terminal que a uno con COVID-19, igualmente grave, siempre y cuando se respete el principio de primero en tiempo, primero en derecho. La edad no debe ser nunca un elemento a considerar en los criterios de ingreso, tal y como lo pretenden las guías de atención publicadas por la CCSS y dadas a conocer por La Nación el 19 de julio del 2020, en donde la edad es uno de los factores a considerar para el ingreso al hospital, ya que dicho informe de La Nación establece que la edad “no debe ser el único elemento a considerar”, entendiéndose de forma tácita que la edad sí es un elemento a considerar, pero no el único, obviamente, dichas guías “bioéticas” no respetan la dignidad de la persona humana.


Estos lineamientos no solo constituyen un abuso institucional en tiempos de pandemia, sino que contradicen el ordenamiento jurídico interno e internacional, pues la OMS ha señalado que “las actitudes negativas o discriminatorias hacia las personas mayores están muy extendidas” y ellas perjudican especialmente a las personas mayores, las cuales pertenecen a la población más vulnerable al COVID-19 que, aparte de sufrir el aislamiento, la soledad y no poder abrazar a sus seres queridos, ahora es objeto de discriminación por parte de la CCSS, siendo justamente las personas mayores las que han construido este país y su robusto sistema de salud.


Los ciudadanos de oro no están seguros ni se pueden sentir protegidos con estos lineamientos que irrespetan a las personas por su edad, siendo el edadismo, en palabras de John Beard, director del Departamento de Envejecimiento y Ciclo de Vida de la OMS un “fenómeno muy extendido”, que ha desnudado la miseria humana de algunos gobiernos, instituciones y personas que ven en el adulto mayor un medio para salvar el mayor número de vidas y no un fin para salvar a todas las personas, indiferentemente de su edad cronológica.

(*) Master en Microbiología por la Universidad de CR,

ex becado Fulbright por el gobierno de EEUU en biología molecular,

conferenciaste internacional, especializado en células madre.

Graduado con honores, bajo la aprobación de SS Benedicto XVI, en bioética,

en Ciudad del Vaticano y

Máster en Divinidad del Seminario Saint Joseph de Nueva York.

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