¿Costa Rica en viaje hacia lo desconocido?

Actualizado: 24 de jul de 2019

(*) Lic. Walter Coto Molina


Después del “manejo heroico” de las finanzas públicas de la Administración Solís, y del hueco fiscal que dejó, producto también del drenaje y de la irresponsabilidad sistemática de otras administraciones pasadas en el manejo de los fondos públicos, todos sabíamos que habría que pensar otra vez, en una reforma fiscal. La diferencia estaría en el tipo de reforma. Al final, con ausencia de un verdadero diálogo social, sincero y auténtico, se fabricó el plan fiscal en los escritorios de hacienda y del Gobierno. Siempre dije, que a esa propuesta le faltó creatividad y análisis político.


El tratamiento a los problemas fiscales fue el mismo de siempre. Nunca hubo pensamiento disruptivo. Muchos legisladores se tragaron la vieja receta, y ahora algunos están atragantados. Los remedios podrían ser más malos que la enfermedad. En realidad en un país que auténticamente sueñe con el bienestar de todos, nunca las reformas fiscales deben ser contra el pueblo, ni contra la producción, ni contra a creación de riqueza, ni menos contra la justicia social. No deberían ser tampoco un mero ejercicio contable. Algún día habrá dirigentes lúcidos que propongan reformas profundas para sustituir nuestro sistema tributario demasiado complejo, por uno justo, sencillo y flexible, y que sirva para vigorizar la economía y el bienestar de la gente.


La reforma fiscal de Costa Rica no se hizo para simplificar, sino para complicar. El plan aprobado usó además el lenguaje del miedo, avalado por algunos intereses de amnistías, que pregonaban el final del mundo, mientras la clase media, trabajadores y empresas pequeñas y medianas empezaban a hablar más bien del final del mes. Hoy el país con la entrada en vigencia del plan fiscal, como uno de otros elementos conflictivos, está como pocas veces en franca recesión política, social y económica. La reforma aprobada no producirá los ingresos que se estimaron, el endeudamiento externo e interno seguirá aumentando, y Costa Rica seguirá liderando una de las cargas tributarias más altas del mundo sobre las ganancias, un 58,3 por ciento, según el informe Paying Taxes 2018 del Banco Mundial, que además algunos no pagan. La desigualdad seguirá creciendo.


Por otra parte, las medidas impulsadas para reactivar la economía hasta hoy son cosméticas, pues las verdaderas causas del severo deterioro son estructurales. Algunos dicen que en dos años, el trauma de la entrada en vigencia del plan habrá acabado, y estaremos en buena condición. Vendrán de nuevo los mensajes electorales del manejo heroico fiscal del gobierno y de los partidos que se unieron para su aprobación, y por detrás habrá de nuevo otro plan fiscal que asomará para seguir haciendo más de lo mismo. Los recursos serán insuficientes. Mi conclusión es la misma de antes. La atención al problema fiscal era necesaria, pero el plan aprobado no era el que necesitaba el país.


La verdad es que en estos días estamos llegando a un punto, donde la situación deja de ser tolerable, y ya no hay tiempo para que las comisiones sigan emitiendo informes, o para crear agendas de empleo duplicadas que empiecen a funcionar a final de año, o para eliminar trámites que prevé una ley existente que nunca ha sido acatada, o para salir del paso con reuniones artificiales y retóricas con quienes ejercen presión desde las calles.


Sabemos que el agua se evapora cuando llega a cien grados. En lo social cuando la frustración, la injusticia, la desconfianza alcanza esa temperatura, algunos grupos y personas se vuelven violentas y el país se puede convertir en un caos.


Como país estamos en una situación muy comprometida. De nuevo se evidencia la enorme división que tenemos como sociedad. Desde el Gobierno, pasando por la UCAEP, hasta los grandes medios de prensa, y muchos grupos sociales, tejiendo músculo en favor y en contra, pidiendo disoluciones de organizaciones, exigiendo que no lo contrate, no le compre, no le venda, creándose redes de apoyo, en favor de unos y de otros, en fin, fortaleciendo la confrontación, camino por el cual no creo que salga vivo el país.


Hay un sentimiento de enojo grave en la población que se puede traducir en una revuelta social de enormes proporciones en el momento menos esperado, y lo peor es que ese estado emocional, tiene mucho fundamento. Hace tiempos que se vienen engordando los problemas del país, en infraestructura, en uso indecente y deficiente de los recursos del Estado, en mala prestación de servicios públicos, en rompimiento de los equilibrios sociales, en estrujamiento de la clase media, en el abandono de los agricultores, en la apropiación de exagerada riqueza por parte de una minoría privilegiada, en el pobre papel de los partidos políticos, y en especial en el ensanchamiento de la pobreza, pero más aún de la desigualdad en todas sus manifestaciones. Para llegar al punto en que nos encontramos, es porque hemos comprado todos los números del talonario.


Ojalá esté equivocado, pero cuando en mi querida Turrialba compruebo el altísimo nivel de desempleo, y que cerraron en un solo mes 54 negocios, y en San Carlos más de 600, solo para poner un par de ejemplos, la realidad sin lugar a dudas, se vuelve muy preocupante. Por eso no me extraña cuando en la calle y en el campo, escucho a mucha gente hablar de resistencia, de rechazo a la autoridad, de desobediencia civil, y de sublevación. Los argumentos van desde que “esto ya no tiene arreglo“, y que para que se arregle, hay primero que desarreglar todo, agregando que el Poder no escucha, que hay prepotencia, que son incompetentes, que todo está concentrado en muy pocos, que se ha reducido la libertad, que los fondos públicos solo sirven para el festín de algunos, que hay mucha corrupción, que no hay trabajo ni oportunidades, y que hay una complicidad entre los poderes del Estado y algunos medios de comunicación para subordinar al pueblo a las políticas de Estado y de gobierno que les conviene. Por más optimista que uno quiera ser, es una realidad que el país no anda bien. El síntoma más claro, es que la sociedad costarricense no se ha podido encontrar a sí misma. Hay gran frustración por no visualizar ideas fuerza y un rumbo que genere esperanza. EL Presidente de la República habla, y pocos lo escuchan, y pocos le creen. Su credibilidad se ha reducido notablemente y cuando eso ocurre, el liderazgo está evaporado. La legitimidad es lo que fortalece a un dirigente.


La realidad que hoy nos golpea, como lo insinué antes, es producto de la acumulación del ayer, a la que se suma la incapacidad de presente, donde no se propone nada innovador. La “creatividad” sigue siendo solamente pagar más impuestos, otro proyecto de 15 dólares a los turistas que ingresan al país, o aumentar la contribución tripartita en planillas de trabajadores, patronos y Estado, planillas que ya no aguantan, para atender el problema de las pensiones del IVM. Solo el Estado le debe a la CCSS 700 mil millones. ¿Para qué aumentar por ejemplo la contribución estatal, si no paga?


Sin embargo esta crisis es de oro. La gente tiene que descubrir su propia voz y su enorme potencia. Los del Poder deben contribuir sin eufemismos ni revanchismos con la más sabia de las virtudes políticas, la humildad y a su lado, el estandarte de la responsabilidad. Por su parte la sociedad no puede ciertamente seguir pasiva frente a los lubricantes que impulsan que las cosas sigan como siempre, pero la ciudadanía activa debe asumir su rol con un alto grado de seriedad, sin caer en provocaciones. Las luchas no son, ni deben ser para destruir el país, sino para construirlo entre todos. Los gobernantes no pueden seguir asumiendo la realidad a la ligera, creyendo que solo hay voces alarmistas, o que todo se reduce a desacreditar unos cuantos personajes de la política de las calles. EL gobierno no puede distraer la realidad culpando a fuerzas tenebrosas del caos, porque los problemas del país van mucho más allá de los dirigentes sindicales. El gobierno tampoco debe seguir los dictados de algunos grupos poderosos, que procuran defender más sus intereses, que los intereses del país que los cobija. Hay que entender por Dios, que en nuestra patria hay dos realidades, la del Poder político y fáctico, y la realidad de la gente, y que entre ambas hay un enorme desencuentro.


Ciertamente este es un período de transición, y de nacimiento de un nuevo estado de conciencia, incluso planetario. Estamos en un período de turbulencias psíquicas y del inconsciente colectivo, un camino donde vamos hacia la noosfera a paso agresivo. El paradigma de la separación nos sigue pringando fuertemente, y en el fondo el cambio esencial que se requiere, es aquel que aborde la estructura no solo externa, sino también interna. El verdadero cambio dependerá de la conciencia, y menos de quitar a tal o cual personaje transitorio del Poder.


Nuestro problema fundamental para enfrentar esta crisis es que estamos divididos, y que seguimos fomentando más la separación. Gastamos pólvora en seguir avanzando hacia la confrontación, en vez de construir puentes de entendimiento sinceros- repito sinceros- para re-fundar el país que deseamos. Tengamos cuidado, que no nos pase como la Rebelión de la Granja de George Orwell donde los animales toman el poder, crean su propio gobierno, que terminará siendo también un desastre. En ese escenario hubo un momento, donde nadie podía distinguir quién era el cerdo, y quien era el hombre. Tengamos mucho cuidado, el país viaja hacia lo desconocido, hacia la rebelión y hacia la ruptura. Todos deberíamos evitar eso mediante un diálogo rigurosamente democrático, inteligente, sincero, humilde, y de frente. Eso se llama sabiduría política, que tendrá que aparecer de algún lado. EL objetivo es muy claro. El Estado debe volver a estar al servicio de todos los ciudadanos, los cuales siendo únicos, desean tener igual tratamiento y oportunidades para ser desiguales. Solamente en la unión creativa está el éxito. Será en la diversidad dentro de la unidad, donde encontraremos democráticamente el verdadero impulso de transformación y de reconversión como país.


Estamos separados y seguimos separados. La división solo garantiza destrucción. Reencontrar confianza parece inevitable. El país se nos está escapando de las manos, pero son esas mismas manos, muchas veces llenas de energía milagrosa, las que sirven para refundarlo. La prudencia es fundamental. Se requiere inteligencia emocional de quienes tienen el poder formal y material para entender que la situación es complicada. EL gobierno, los gremios empresariales y laborales, y los sectores en general, debemos reencontrarnos por el bien de todos. Hay un país que cuidar, hay valores que defender, hay una patria que reconstruir, hay un presente que nos convoca, y un futuro que nos espera. O nos unimos, o nos hundimos.


(*) Abogado y Notario.

Ex Diputado de la República

Doctor en Derecho Público de la Universidad de Strasbourg en Francia.

Diplomado de Derecho Comparado Internacional, Universidad de Ciencias Sociales de Strasbourg, Francia.

Diplomado en Derechos Humanos, Francia Universidad de Ciencias Sociales de Strasbourg, Francia.


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