De la prosperidad acaparada a la prosperidad compartida

Por Ing. Clinton Cruickshank S.


Alguna vez, le oí a doña Carmen Granados, esa maravillosa mujer q.d.D.g., decir lo siguiente: “no hay mal que por bien no venga, ni bien que su mal no traiga”. Me interesa la segunda parte de esa extraordinaria máxima. Porque nadie puede negar que el crecimiento económico es la meta deseable que debe perseguir toda economía.


Sin embargo, éste suele venir acompañado por males tales como: la inequidad, la desigualdad y la exclusión social. Por lo tanto, mientras el crecimiento económico es indispensable para encaminarnos hacia una sociedad de Prosperidad Compartida, sus asiduos acompañantes crónicos (la inequidad, la desigualdad y la exclusión social) suelen encaminar a muchas sociedades hacia el “precipicio” de la Prosperidad Acaparada.


Lo anterior es una verdad que debe ser profundamente entendida por nuestros líderes y gobernantes para que no se engolosinen tanto con el crecimiento económico, si no están preparados ni dispuestos a minimizar sus efectos negativos.


¿Y cómo pasamos de una Prosperidad Acaparada a una Prosperidad Compartida?


Para avanzar hacia la anhelada Prosperidad Compartida, es necesario forjar un Crecimiento Económico Inclusivo (CEI). Y para eso, es preciso disponer de los índices adecuados que faciliten la medición del grado de inclusividad de dicho crecimiento económico.


Algunos expertos señalan que para lograr lo anterior, se deberá impulsar y promover la inclusividad del 40% de la población de más bajos ingresos en los beneficios del crecimiento económico. O sea, asegurarse de que dicho crecimiento los impacte positivamente. Dicho de otra manera, el Estado deberá ser un facilitador dispuesto a establecer las condiciones e incentivos necesarios para asegurar que el crecimiento económico impacte e incida sobre el bienestar del 40% de la población antes mencionados.


Lo anterior sin duda alguna, se refiere a la tarea de crear las condiciones y las oportunidades necesarias para que los sectores más frágiles, vulnerables y desprotegidos de nuestra sociedad, puedan compartir la prosperidad nacional. Y aclaro, que no se trata de la vieja y disfuncional fórmula de las dádivas que más bien suelen ensanchar la desigualdad social y hundir aún más a los pobres en la pobreza. Se trata de crear las oportunidades y de preparar a los sectores más desafortunados para que puedan aprovecharlas. Y, para eso, es preciso asegurarles una educación y capacitación adecuadas para que puedan acceder a las oportunidades que el crecimiento económico produce.


Para garantizar lo anterior, se propone el establecimiento de un “Observatorio de la Prosperidad Compartida”, cuyo propósito es monitorear y medir los avances logrados en dirección de las metas de Prosperidad Compartida previamente establecidas.


A pesar de que nuestro país reúne muchas de las condiciones necesarias para forjar una sociedad de Prosperidad Compartida, paradójicamente, en los últimos años, nuestro mayor avance como sociedad ha sido hacia una Prosperidad Acaparada; lo cual, no sólo ha sido desafortunado, sino que, es una clara señal de la seria crisis que viene padeciendo nuestra sociedad en los últimos años. Crisis a la que urge enfrentar, si de verdad queremos alejarnos del precipicio hacia donde nos dirige nuestra actual sociedad de Prosperidad Acaparada.


Por eso debemos reconocer con valentía la necesidad de gobernantes que, en vez de retórica; tengan la visión, el liderazgo, el compromiso y muy en especial, el espíritu misionero y de sacrificio indispensables para construir una “Gran Alianza Nacional” alrededor de una nueva visión. Una visión de una Costa Rica más inclusiva que nos permita “avanzar y cruzar el desierto” juntos, para llegar a la “Tierra Prometida”, tierra en donde “fluye leche y miel”: La sociedad de Prosperidad Compartida que merece y anhela el pueblo de Costa Rica.