Democracia De La Calle Legitimada Por El Pueblo

Jonathan Flores Mata

Criminólogo/ Directivo Nacional de ANEP


Dentro del engranaje diario de una sociedad se mueven distintas y diversas fuerzas que actúan persiguiendo la materialización de sus objetivos. Indudablemente, una de las principales podría decirse que, en cualquier país del orbe, es la desempeñada por los medios de comunicación.


Y es que, al tener la posibilidad de tomar una situación cualquiera y presentarla bajo un contexto determinado, restringiendo o extendiendo la información a voluntad, otorga a los medios un colosal poder de influencia. De esta manera, se convierten no solo en la fuente de información primigenia para la ciudadanía, sino también, en formadores de opinión, reitero, por tener a su alcance la facilidad de pintar ante el público la realidad que mejor les convenga.


Aunado a ello, se debe acotar que, una considerable cantidad de personas tropiezan con el pecado de la ignorancia, producto de la falta de lectura, o de admitir como ciertas, de primera entrada, las apreciaciones que venden ciertos medios de comunicación. Con este antecedente, se pueden comprender las razones por las que, parte de la población cuenta con una muy sesgada opinión acerca de lo que significa la defensa de los intereses socioeconómicos, mediante el uso de la manifestación en lugares públicos.


Es sencillo, el panorama que han ofrecido algunos medios, sostenidos económicamente por sectores dueños de los grandes capitales, acerca de las manifestaciones y quienes participan en ellas, se resume en un listado de adjetivos peyorativos. Con ello, el etiquetamiento de activistas con epítetos como: vagos, obstaculizadores, conspiradores o egoístas…entre muchos otros; se volvió normal por parte de gente inculta que, con facilidad se tragó el cuento de que quienes acuden a las manifestaciones solo defienden gollerías, lujos o ventajas desproporcionadas.


No dama, no caballero, ese es el paisaje que le han pintado en el lienzo de la comunicación a las masas, y muchos se lo creyeron. Confío en que usted estimable lector (a) sea de las personas inteligentes que tienen un raciocinio superior. Si no es así, no se preocupe, la buena noticia es que siempre se está a tiempo para informarse adecuadamente, recopilar información de diferentes fuentes, con distintos enfoques, y generarse usted misma (o) su propio criterio, y no uno impuesto. Sobre los intereses que tiene uno u otro medio por impulsar ideas contrarias a ciertos sectores y favorecer a otros, hablaremos en otra ocasión, aunque le invito a hacer el sano ejercicio de leer un poco sobre el tema (se encontrará teorías que van desde ilusión fiscal hasta el narcotráfico).


Ahora bien, como se dice popularmente: “la vida da muchas vueltas”. Y, en medio de la pandemia generada por el covid-19, varios de los actores sociales, y muchas de esas personas que señalaban y criticaban las manifestaciones hicieron lo que reprochaban, salir a las calles. Comprendieron y legitimaron con sus acciones el uso de la manifestación como un mecanismo válido para la lucha y defensa de los derechos e intereses. Lo podemos decir con orgullo: el pueblo ha legitimado la democracia de la calle.


Y no es de extrañar, el valor de la libertad de expresión, de reunión y organización (entre muchas otras) que ofrece la invaluable herramienta de la manifestación pacífica, como un elemento de ejercicio democrático, es incalculable. Otro sano ejercicio de información que recomiendo es buscar los grandes logros históricos que se han conseguido a partir de las manifestaciones, tanto populares como de grupos con intereses específicos.


Para quienes nos mantenemos en la lucha social es grato ver que parte de la población comprende y aprende que la manifestación no es ese pecado social que les inculcaron algunos medios, sino un mecanismo con respaldo constitucional para la defensa de los derechos. Se que no es apropiado, pero: “se los dijimos”. Esperamos que, a partir de estas situaciones se valore distinto aquellas luchas por proteger la CCSS, el ICE, la institucionalidad, la calidad de vida, los derechos laborales y la igualdad.


Lo único que lamentamos es que el entendimiento y legitimación del pueblo, se presenta en circunstancias de angustia para las familias costarricenses. Su causa también es la nuestra. Es momento de unir esfuerzos y reclamar por decisiones políticas que protejan de verdad a las y los costarricenses. De no tragarnos las cortinas de humo que pretenden poner discrepancia entre iguales. De alzar la voz y exigir que los que más tienen aporten más (o al menos lo que les toca y que por años han evadido).


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