Doña Perla y mi paso por el manicomio universitario

Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A.


En estos días de mucha reflexión, retrospección y remembranzas, quiero desempolvar una rica y extraordinaria historia vivida como estudiante universitario con un grupo de compañeros que, como le pasa a la mayoría de los jóvenes de la Costa Rica de afuera, o sea, de la Costa Rica fuera de la Gran Área Metropolitana (GAM), nos vimos obligados a destetarnos a muy temprana edad del seno familiar, para venir a prepararnos a la GAM.


Por otro lado, esta historia está muy ligada con Doña Perla, mi madre, Q.d.D.g., quien jugó un papel excepcional en mi preparación para que dicha historia fuera tan especial y que haya jugado un papel medular en mi vida desde muy temprana edad.


Una pequeña pincelada de algunos fundamentos de mi vida


De niño, mi hogar la formábamos diez personas, mis padres y 8 hermanos (4 hembras y 4 varones). Y a muy temprana edad, Doña Perla nos decía a los varones: No los voy a poner a realizar labores del hogar en forma rutinaria, pero sí les voy a enseñar a cocinar, a lavar y aplanchar, a hacer su cama, y a limpiar la casa; porque uno nunca sabe, por lo que no quiero que si a alguno de ustedes le toca vivir solo; tenga que vivir en un chiquero o ande desalineado ni que tenga que comer cualquier cosa que le sirven, sólo porque no sabe hacer nada.


La relevancia de esta historia es porque no pasó mucho tiempo para que esas enseñanzas de oficios domésticos de Doña Perla fueron fundamentales para mi vida y mi convivencia como estudiante durante mis estudios en la Universidad de Costa Rica.


Pasaron algunos años, y como muchos limonenses, luego de graduarme de bachiller en el Colegio diurno de Limón, como dije antes, me desteté de mi familia para venir a vivir a San José, concretamente a San Pedro, Montes de Oca, y más específicamente en lo que hoy es la famosa “Calle de la Amargura”; otrora una calle residencial, pacífica y tranquila en donde compartí con un grupo de estudiantes universitarios limonenses que juntos, tuvimos el enorme privilegio de vivir a sólo tres minutos a pie de la Universidad de Costa Rica en donde todos estudiábamos.


Mis años en el Manicomio Universitario


Nos tocó vivir en una casa alquilada que era amplia y con un gran patio, a sólo dos casas de la Librería Bautista entre la familia Villalobos al Sur y la familia Gabert al Norte. Y a esa casa, a poco tiempo de vivir allí, la bautizamos con el nombre del “Manicomio Universitario”.


Poco tiempo tomó, para que el Manicomio Universitario se posicionara en el ambiente estudiantil, especialmente, entre nuestros amigos y entre los estudiantes limonenses. Si hizo famoso por sus fiestas, jornadas de boxeo, y se constituyó, además, en una especie de “Embajada de Limón” en San José, porque era un punto de encuentro de limonenses y de amigos de los limonenses. A él llegaban y hasta dormían muchos de nuestros coterráneos limonenses y amigos en general, especialmente, después de una noche de farra. El Manicomio era un punto de encuentro, para estudiar, para divertirnos, para salir de juerga; pero también para servicio y auxilio de muchos limonenses que no tenían a quién acudir, y que, sabían que lo poco que teníamos siempre lo compartiríamos con ellos.


También hubo momentos de escasez, en que, a días de fin de mes, nos quedamos con la despensa vacía, o sea, sin comida, y que, más de una vez, fuimos auxiliados por amigos que, como ángeles, Dios enviaba al Manicomio a auxiliarnos. En aquellos momentos, ninguno de nosotros queríamos molestar a nuestros padres, conscientes de que harían lo que sea por nosotros; pero sabíamos que no era justo porque ellos tenían también su lucha con nuestros hermanos y hermanas que estaban aún en casa.


Todo lo anterior formó parte de una dulce y extraordinaria experiencia que es parte de la “psique colectiva” que nos fusionó, moldeó y nos dio una clara identidad como miembros de dicha cofradía.


Mis días en el Manicomio fueron célebres, inolvidables, sin par; en donde se escribieron algunas de las páginas más hermosas y significativas en la vida de cada uno de nosotros; llenas de actos de servicio a los demás, de solidaridad, de cooperación, de uno para todos y todos para uno, en fin, de bien común. Y, sobre todo, de gran disciplina y respeto a los demás. Sí, un Manicomio de fiestas, cuentos y chistes, boxeo, de disfrutar y pasar el rato entre amigos; pero también de orden y disciplina.


La disciplina la piedra angular o goma adhesiva del Manicomio


A pesar de todo lo que acontecía en el Manicomio, la disciplina era la piedra angular o la goma adhesiva que hacía el milagro, o sea, que lo sostenía todo. Me explico, no podíamos darnos el lujo de tener una trabajadora doméstica, y en el fondo eso resultó ser una gran bendición; porque nos obligó a encontrar y darnos la organización, y a fijar las reglas claras necesarias para salvaguardar el bien común. Así, la fórmula fue, organizar y realizar por turno, todos los quehaceres de la casa. Para eso se estableció un cuadro semanal (que se escribía en una pizarra en la pared) con los roles turnados de cada uno de nosotros. Las labores que se turnaban entre nosotros semanalmente eran las siguientes: Cocinar que incluía lavar los trastos, limpieza de la casa que incluía los baños e inodoros, y cada uno era responsable del lavado y aplanchado de su propia ropa y de la hechura de su propia cama que era obligatoria para garantizar el orden y la limpieza de toda la casa.


Les ruego me toleren que aproveche este especial momento para rendir un sentido homenaje a mis compañeros, hermanos, amigos y correligionarios del Manicomio Universitario: Rodolfo Suárez, Q.d.D.g., Alfredo Abdelnour, Q.d.D.g., Francisco Fonseca, Rodrigo Castro, José Miguel Navarro, y Paul Bücher.


Una historia muy singular


Dado que nuestro objetivo principal era la Universidad de Costa Rica, al vivir a pocas cuadras de ella, teníamos la ventaja de no tener que pagar bus para asistir a clases. O sea, sólo pagábamos bus las pocas veces que íbamos o veníamos de San José.


Pues resulta que, en más de una ocasión, en autobús camino a San José o de vuelta a San Pedro, alguno del Manicomio nos encontrábamos con un compañero amigo, o compañero de clases quien subiendo al autobús, al ver al otro le preguntaba ¿De dónde venís?, y la respuesta sin pensar en las consecuencias era: “Del Manicomio”; y al revés era, ¿Para adónde vas?, y la respuesta era: “Para el Manicomio”; y las personas que se encontraban sentadas contiguo o muy cerca del que dio esa respuesta, se asustaban y se pasaban de asiento, porque nadie quería viajar a la par de un loco. Esta historia se repitió tantas veces que a veces algunos lo provocaban a propósito, para lograr sentarse a la par de su amigo, o sea, a la par del supuesto “loco”.


Como jóvenes esas fueron algunas de las pequeñas travesuras que hacíamos por diversión.


Concluyo señalando que todos mis compañeros del Manicomio Universitario se hicieron hombres de bien, y que cada vez que dos o más nos encontramos en cualquier lugar o circunstancia, lo que procuramos con alguna frecuente, es siempre un motivo de algarabía, de increíbles remembranzas y de gran gozo.

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