El día de la pequeña República

Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A.


Es motivo de gran preocupación no sólo la indiferencia, sino, lo que es peor, el rechazo e incluso, el odio de los jóvenes por la política, o sea, por el arte de gobernar.


La combinación del pésimo ejemplo que dan muchos políticos, y la campaña permanente de desprestigio de la prensa contra los políticos en general, han sido los principales factores responsables de que hoy, los jóvenes desdeñen la política, y consecuentemente, estos no quieran tener nada que ver con el arte de gobernar que, por cierto, y subrayo para enfatizar: es la actividad más importante de toda sociedad civilizada.


Por otro lado, y en ese campo, nuestros educadores no ayudan mucho, por cuanto éstos también sienten cierto grado de desprecio por los políticos y por la política misma, por lo que, consciente o inconscientemente suelen transmitir esos sentimientos a sus alumnos.


Lo grave de esta situación es que son justamente los jóvenes los que tienen la gran misión y responsabilidad de prepararse para realizar el relevo generacional y tomar la estafeta del liderazgo político que, por cierto, se vuelve cada día más complejo.


Por todo lo anterior, y pensando en una solución para esta gran problemática nacional, permítanme compartirles mi experiencia personal con el arte de gobernar, experiencia adquirida a muy temprana edad, en que tuve la invaluable oportunidad de vivir espectaculares encuentros con la política, encuentros que fueron los principales responsables no sólo de mi visión de ésta, sino también del “romance o idilio” que he mantenido con ella desde entonces.


La visionaria genialidad del Colegio Diurno de Limón


Una extraordinaria historia empieza cuando en mi amado Colegio Diurno de Limón, se decidió sustituir la celebración del día del estudiante por la del “Día de la Pequeña República”.


¿Y en qué consiste el Día de la Pequeña República?


Unos 15 días antes de la fecha en que se celebraba el día del estudiante, el cuerpo administrativo y docente de nuestro colegio, nos motivaban para que constituyéramos partidos políticos a fin de escoger candidatos a presidente y a diputado a semejanza de una república democrática. Lo anterior, con el propósito de iniciar la campaña política para que los estudiantes (que éramos los ciudadanos de la Pequeña República) eligiéramos al presidente y a los diputados mediante elecciones libres y directas.


De esta manera, se hacía campaña política entre los estudiantes, y, como una semana después se celebraban las elecciones para escoger al presidente y a los diputados. Una vez electo el Presidente de la Pequeña República, éste con el apoyo de su equipo de asesores, escogía y nombraba a los ministros que formarían el gabinete del nuevo gobierno.

Al llegar el gran día, que repito, era la misma fecha en que se celebraba el día del estudiante en todos los colegios del país, el Colegio Diurno de Limón se convertía en una república, o sea, en una pequeña república, y se realizaban los siguientes actos:


  1. Se juramentaba al Presidente de la Pequeña República.

  2. Se juramentaba y se instalaba el Consejo de Gobierno, y

  3. Se juramentaban y se instalaban los diputados electos a la Asamblea Legislativa.


Y durante la mañana de ese día sesionaban los diputados de la Asamblea Legislativa para iniciar su labor legislativa, y el Consejo de Gobierno para proponer planes, y en general, tratar asuntos de gobierno.


Luego, en la tarde, la Asamblea Legislativa volvía a sesionar para seguir los debates. Y paralelamente, el Consejo de Gobierno entraba en sesión para recibir informes de labores de los ministros en relación con los planes establecidos en la sesión de la mañana.


El Día de la Pequeña República se revestía simultáneamente de una gran solemnidad y de un increíble “realismo mágico”. Porque ese día, sin duda alguna, y en todos sus extremos, nuestro colegio se convertía en una pequeña república, lo que, para cada uno de nosotros los estudiantes, era una gran lección de civismo, y, asimismo, una de las enseñanzas más trascendentales, reales y útiles para nuestro futuro como ciudadanos. Además, la formalidad de esos actos y de aquellos momentos, lo hacía trascender cualquier simbolismo superficial o pasajero.


A mí, me tocó en ocasiones ser diputado y ser ministro. Fue una experiencia espectacular, maravillosa e inolvidable por la cual, rindo homenaje permanente a aquellos administrativos y docentes visionarios de mi querido Colegio Diurno de Limón.


Porque fue justamente en esas trincheras, y a muy temprana edad que tomé conciencia de la importancia de la política como una invaluable plataforma o herramienta para hacer el bien y para el servicio a los demás.


Sí, a muy corta edad, esa extraordinaria experiencia me marcó para siempre y me permitió sentir y experimentar en lo más profundo de mi ser, la mejor cara que la política despertaba en mí. Y fue desde entonces que me propuse participar activamente en ella.


Luego me tocó vivir aquéllos maravillosos años de política universitaria en la Universidad de Costa Rica; en donde, una vez más, y ya en mi juventud, realicé votos para ratificar mi romance con el arte de gobernar.


Pude constatar, asimismo, que la política suele encender y avivar grandes pasiones humanas, y que, muchas de esas pasiones suelen desbordarse, y al hacerlo, son capaces de despertar profundos sentimientos de odios y rencores en muchos líderes políticos. Pero también entendí que dichos sentimientos no eran atribuibles a la política, sino a nosotros mismos.


Fui dichoso porque mis primeros encuentros de fondo con el arte de gobernar durante el Día de la Pequeña República, despertó y cultivó en mí, lo mejor que la política nos ofrece como sociedad y como individuos. Aunque como dije antes, estoy consciente de que ésta también puede despertar la cara más desagradable del ser humano.


Por eso suelo advertir sobre el carácter dual del poder político con la siguiente frase o sentencia:


“El poder político es la mejor herramienta para hacer el bien; pero en manos inexpertas o equivocadas, puede convertirse en el peor azote de los pueblos”

De ahí nuestra responsabilidad como ciudadanos de realizar nuestro mayor esfuerzo para evitar que el poder político caiga en manos equivocadas.


Mi propuesta


Propongo que esa genialidad del cuerpo administrativo y docente del Colegio Diurno de Limón de aquellos años sea emulada o imitada e implantada en todos los colegios del país. Y, por lo tanto, exhorto a las autoridades del Ministerio de Educación para que conviertan el día del estudiante, en la celebración del Día de la Pequeña República en todo el país.


Concluyo señalando que, con el establecimiento del Día de la Pequeña República, hoy nuestros jóvenes a muy temprana edad tendrían la oportunidad de beber de la verdadera savia de la política; y así, lograríamos despertar y forjar en los futuros hombres y mujeres del mañana, su mejor cara frente al arte de gobernar. ¡Viva el Día de la Pequeña República!