El futuro de Costa Rica y las virtudes cardinales

Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A.


Estos días de total reclusión han sido una gran bendición en tanto me han permitido mucha lectura, reflexión y la búsqueda de respuestas a diversas problemáticas de la vida, y en especial, del quehacer nacional. En cuanto a nuestro país, no he podido dejar de pensar en algunos hechos heroicos que nos marcaron y diferenciaron, y que, además, encubaron y forjaron nuestro excepcionalismo como sociedad y como nación. De estos pensamientos sobresale la abolición del ejército, dado el entorno poco probable en que se dio, ya que, aún estaba muy fresco en la psique colectiva del mundo entero el trauma de la Segunda Guerra Mundial.


Asimismo, pensaba cómo nuestra diferenciación como país se viene erosionando en los últimos tiempos, ante una serie de fenómenos como la globalización, que ha venido a cuasi-uniformar a la mayoría de nuestros países, especialmente, a los que son geopolíticamente menos relevantes como el nuestro.


Por todo lo anterior, asimismo, pensaba que había llegado el momento de volver a marcar la cancha para que Costa Rica salga de lo que vengo llamando, la “homogenización universal de nuestros países” que, para todos los efectos, es una especie de estandarización al que estamos prácticamente sometidos; estandarización que no sólo ha venido a desbaratar y destruir nuestra Red de Solidaridad que ha sido el sello indeleble de nuestro excepcionalismo y singularidad; sino que, en poco tiempo nos ha llevado a padecer una serie de “patologías sociales” que ya formaban parte de nuestra historia. Patologías tales como la marginación y la exclusión social, provocadas por la creciente desigualdad que se ha convertido en una de las principales características de la Costa Rica del Siglo XXI.


La entronización de los antivalores en la sociedad actual


La pandemia del Coronavirus me ha hecho inquirir en la razón de la existencia de las armas químicas y biológicas en el mundo. Y detrás de todo, lo que veo son los antivalores que crecientemente vienen sustentando y modelando nuestra sociedad global; antivalores tales como la codicia, la avaricia y el egoísmo. Asimismo, y pensando en mi país, he podido también constatar que esos mismos antivalores son los que prevalecen en nuestra sociedad actual.


¿Y qué se hicieron los valores humanos?, y ¿Porqué en nuestro Sistema Educativo no se enseñan las virtudes humanas?


Por otro lado, es sumamente extraño que en el currículum de nuestro sistema educativo cuyo principal objetivo es la formación de ciudadanos responsables, dotados con los mejores valores, a fin de transformarlos en hombres y mujeres de bien; no se contemple la enseñanza de las principales virtudes del hombre, cuando se supone que estas deberían ser el epicentro alrededor del cual gravita la doctrina o filosofía de la enseñanza humana.


Dado que la educación es por mucho el mejor instrumento para la formación ciudadana, y, por lo tanto, la principal herramienta para enfrentar los males humanos; entonces la pregunta que se impone es la siguiente: ¿Qué porcentaje del currículum de nuestro sistema educativo actual trata el fundamental tema de las virtudes humanas?


La respuesta sin ambages es que el currículum de nuestro sistema educativo actual no contempla el estudio de las virtudes humanas, lo cual es muy desafortunado porque explica en mucho la sociedad plagada de antivalores en la que nos hemos convertido.


Y, por lo tanto, al despreciar los verdaderos valores humanos que son sus virtudes, en los últimos tiempos, hemos venido deshumanizando más y más a la humanidad. O sea, el sistema de antivalores que venimos promoviendo y potenciando, el cual está totalmente vacío de virtudes, es el responsable de la miseria y bancarrota moral en que se encuentra gran parte de la sociedad humana actual. Lo anterior explica el ¿Por qué?, a pesar de la enorme capacidad de producir riqueza que hemos desarrollado a través del tiempo; hoy prevalecen grandes sectores sociales sometidos a la más escandalosa y vergonzosa miseria, hambre, marginación y exclusión económica y social.


Todo pareciera indicar que no hemos entendido, o que, “convenientemente” hemos decidido ignorar que las virtudes humanas son los valores fundamentales que suelen acercarnos al bien y alejarnos del mal y de la injusticia.


Y hoy, el mensaje que nuestra sociedad materialista envía a sus ciudadanos, y muy especial, a los jóvenes es que, la codicia, la avaricia y el egoísmo son buenos, cuando es todo lo contrario; estos son los antivalores responsables de la ruina o debacle en que se encuentra atorada la humanidad.


Por eso, urge que Costa Rica, igual que en el pasado, valientemente tome la decisión unilateral de colocar a las virtudes cardinales en el epicentro de nuestras vidas, potenciándolas y cultivándolas como prácticas intrínsecas y consustanciales al ser humano, y como la mejor solución para construir una sociedad realmente inclusiva, solidaria y justa. O sea, para construir una sociedad verdaderamente humana.


Dado que hoy vivimos en una sociedad global en que reinan la codicia, la avaricia y el egoísmo como los valores deseables y fundamentales para el éxito; ante semejante despropósito, los invito a pensar en las siguientes interrogantes:


  1. ¿Cómo pretendemos “cosechar” justicia social si sembramos “semillas” de antivalores?,

  2. ¿Cómo esperamos construir un Estado Solidario en una sociedad que reconoce, exalta y premia los antivalores y sus frutos?

  3. ¿Cómo esperamos construir una sociedad sin miseria y hambre, si los antivalores que cultivamos son los principales responsables de nuestra miseria y bancarrota moral, y, por lo tanto, de la corrupción del que tanto nos quejamos?

  4. ¿Cómo esperamos que nuestros hijos sean honestos, si han sido inspiraros y nutridos de los mismos antivalores que sus padres practican?

  5. ¿Cómo esperamos que nuestros líderes políticos sean transparentes y honestos, si son una copia al carbón de nuestra sociedad, y, consecuentemente, han sido criados y alimentados con esos mismos antivalores?


Por eso, urge una operación quirúrgica en el corazón y en la mente de nuestra sociedad, a fin de extirpar los antivalores que hoy los carcomen. Y urge, asimismo, implantarles los valores contenidos en las virtudes cardinales del hombre a saber: La Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza. Y para eso, será imprescindible la presencia de Dios y de nuestra Constitución Política dentro de la sala del quirófano.


Con estas virtudes incorporadas a la psique colectiva nacional, la construcción de una sociedad más igualitaria e inclusiva, más justa y solidaria, dejará de ser sólo una promesa vacía de nuestros líderes políticos, y un sueño inalcanzable de los pueblos, para convertirse en un verdadero fruto del bien común.

La virtud de la Templanza


Aunque las cuatro virtudes cardinales son todas de un valor incalculable, permítanme subrayar para rescatar, algunos aspectos fundamentales de la maravillosa virtud de la templanza con respecto a los líderes políticos y gobernantes.


¿Y qué es Templanza?


Templanza es autocontrol o dominio propio, es moderación y sobriedad, es continencia. Y lo opuesto a templanza es desenfreno, perversión, libertinaje, deshonestidad. Y la falta de templanza desemboca inexorablemente en indisciplina y corrupción.


La siguiente, es la característica que más pasión, ilusión y esperanza me crea, si sólo pudiéramos lograr que nuestros futuros líderes políticos desarrollen la virtud de la templanza:


La templanza asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos, y mantiene los deseos dentro de los límites de la honestidad


O sea, si procuramos que nuestra sociedad, y muy especialmente nuestros líderes y gobernantes desarrollen la virtud de la templanza, lograremos disminuir la corrupción al mínimo, al conseguir que sus deseos sean autocontrolados y mantenidos dentro de los límites de la honestidad. ¡Qué maravilla!


Finalmente, no olvidemos que el ser humano no es sólo cuerpo físico o material, sino, también, es espíritu, y, por lo tanto, al igual que procuramos alimentar y cuidar nuestro cuerpo físico, es preciso alimentar y cuidar nuestro espíritu. Porque un pueblo desnutrido y en bancarrota espiritual es un pueblo condenado a la miseria humana, por ser esclavo de su propia codicia, avaricia y egoísmo.


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