La deuda política, la crisis actual y la plutocracia nacional

Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A.


Muchos se estarán preguntando: ¿Y qué tiene que ver la deuda política con la seria crisis social, económica y financiera que sufre el país, y la plutocracia nacional? Pues mucho porque los efectos devastadores de la pandemia, develaron el poderoso hilo conductor que hay entre ellas. Y la manifestación más obvia de esa relación es “el secuestro del poder político en manos del poder económico”.

El financiamiento de las campañas políticas


Durante la Segunda Administración de Don Pepe (1953-1958), gracias a la prodigiosa visión de los extraordinarios diputados de ese quinquenio como: Francisco Orlich Bolmarsich, Mario Echandi Jiménez, Gonzalo Facio Segreda, Jorge Volio Jiménez, María Teresa Obregón Zamora, Uladislao (Lalo) Gámez Solano, Alex Curling Delisser, Estela Quesada Hernández, Fernando Volio Sancho, entre otros, cuya especie casi se extinguió con ellos; tomaron la valiente decisión de reformar nuestra Constitución Política recién dictada, para incorporar una norma mediante la cual se encarga al Estado el financiamiento de las campañas políticas. Todo con el fin de librar a los partidos políticos del yugo de las clases económicamente más poderosas del país; las cuales, hasta entonces, dominaban todo el escenario político nacional, no sólo imponiendo los candidatos de turno, sino, y, sobre todo, garantizándose de esta manera, una Costa Rica que funcionara para ellos y sus intereses, sea cual fuere el gobierno electo. Porque hasta entonces, la política costarricense se basaba en aquella simple máxima que dice que: “El que paga la fiesta, manda el baile, y el que manda el baile, decide la música que se toca”. Esa fue la triste historia de nuestra Costa Rica del pasado, de un pasado no tan remoto; sí una Costa Rica que algunos añoran, pretenden revivir y que en parte lo están logrando.


De tal manera que, a fin de acabar con ese flagelo que se constituyó en la principal fuente de desigualdad social y económica en el país, y consecuentemente, de la pobreza y miseria de sus grandes mayorías vulnerables, débiles y empobrecidas; esa extraordinaria generación hombres y mujeres entendidos y llenos de patriotismo, decidieron librar a los partidos políticos y al país de aquellos terribles vampiros que sin piedad y desde siempre chupaban la sangre del pueblo costarricense.


La Deuda Política y el Desarrollo del país


Con el advenimiento del financiamiento estatal a los partidos políticos, durante algunos años, aunque el país no se libró del todo del acecho ni de una que otra chupada de sangre de aquellos vampiros, su influencia mermó considerablemente durante la segunda mitad del Siglo XX, lo que permitió a los gobiernos de turno, priorizar el interés nacional y el de las grandes mayorías sobre el mero interés de aquellas élites. Lo anterior explica que Costa Rica en muy pocos años pasó de ser el país más pobre Centro América a convertirse en uno de los más prósperos de la América Latina.


Las grietas y la ineficiencia del sistema de financiamiento de los partidos políticos


Uno de los serios problemas que tiene el sistema de financiamiento estatal de los partidos políticos, es la ineficiencia en que es manejado por parte del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE). Sí, entendieron bien, el TSE. Porque mientras éste exige rigurosamente el cumplimiento en tiempo y en requisitos el proceso de trámites a los partidos políticos, dicho tribunal en cambio, no se somete a ninguna norma ni rigor a la hora cumplir su parte del proceso de tramitación que le corresponde. Trámites de cuya aprobación expedita dependen los partidos políticos para acceder los fondos de la deuda de manera oportuna. Y esa laxitud de parte del TSE infringe un enorme daño a los partidos, empujándolos hacia las manos de algunos bancos ante los cuales hasta tienen que arrodillarse para que les giren los fondos, mientras el TSE les aprueba dichos trámites que pueden durar una eternidad. Todo lo anterior expone a los partidos al capricho de estas entidades financieras o de financistas privados. Además, les obliga a ceder un enorme porcentaje del monto correspondiente como pago por el “gran favor” que les hacen.


Por eso, es muy frecuente que gran parte del monto de la deuda política termine en las arcas de los bancos y/o de los financistas privados, lo que es contrario al propósito por el que los costarricenses hacemos el esfuerzo y sacrificio económico para garantizar dicho financiamiento a los partidos políticos. Por eso, urge que el TSE cambie de actitud para así acabar con ese abuso al que son sometidos los partidos políticos para poder acceder plena y oportunamente al financiamiento de la deuda política.

Los vampiros vuelven al ataque.


Por todo lo anterior, a pesar de que, hoy, la deuda política ha llegado a representar un monto sustancial para el financiamiento de los partidos políticos, por la mencionada laxitud e ineficiencia del TSE, un importante porcentaje de ella no sirve ese propósito al quedar en manos de unos cuantos bancos; y además, aunque se restringió y se aumentó la rigurosidad del control sobre las contribuciones privadas a las campañas políticas; lo cierto del caso es que en los últimos años, algunos grupos financieramente poderosos, han vuelto a ejercer una enorme influencia sobre las principales decisiones políticas que se toman en el país, al haber recobrado control sobre los partidos políticos mediante el poder que les da sus “contribuciones”. Y hoy, pese a la cuantiosa suma que aporta el Estado al financiamiento de la actividad política, la influencia de la plutocracia sigue aumentando.


Una señal inequívoca de la enorme influencia actual de la plutocracia en la política nacional es que los gobiernos no se atreven a tocarlos. Porque hoy la condición que ponen estos grupos para contribuir a las campañas políticas, es que no los toquen, que no les ponga impuestos, en fin, que los liberen de toda responsabilidad económica y fiscal con el país. Y lo más increíble es que existen políticos que se comprometen con ellos y los vuelven intocables. Todo esto explica que en las recientes propuestas que plantea el gobierno al país y supuestamente al Fondo Monetario Internacional ante la profunda crisis económica y fiscal que sufrimos, por ningún lado aparece el aporte de los grupos más poderosos del país. Porque al igual que en el pasado, son intocables.


Existe una regla de oro que es simple, lógica y sobre todo justa a la hora de fijar las contribuciones de los distintos sectores nacionales al erario público a saber: “Que los que tienen más, paguen más”. Es así de sencillo y de justo. Sin embargo, no hay manera de que se aplique esa simple regla justa en nuestro país, porque los que tienen más suelen comprar su derecho a no pagar.


El peligro de disminuir el monto de la deuda política


A pesar de todo lo señalado anteriormente, creo que es totalmente improcedente disminuir el aporte estatal al financiamiento de las campañas políticas. Lo único que se logrará con eso es aumentar aún más la influencia de los poderosos en las decisiones políticas del país.


El peligro actual para el país puede aumentar a la enésima potencia si se materializan las pretensiones de algunos que hoy abogan por la disminución del monto del aporte estatal a la deuda política. Lo anterior por cuanto, contrario a la pasada época, en la actual, pululan y merodean alrededor del poder político, los poderosos brazos económicos del lavado de dinero y del narcotráfico buscando una hendidura por donde filtrar sus recursos en la estratégica actividad política.


Concluyo señalando que, hoy más que nunca, es imprescindible que, no sólo exista el financiamiento estatal para las campañas políticas en un monto razonable y suficiente, sino que afilemos los controles y escalemos fuertemente el castigo tanto para los partidos políticos aún a costa su inhabilitación, como, y muy especialmente para las personas encontradas responsables de violar las normas que regulan la contribución privada a las campañas políticas; violaciones que atentan crecientemente en contra la mismísima seguridad del Estado Costarricense.



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