La norma técnica y el ataque a la religión

Lic. Benjamín Sevilla García.


En los últimos días nuestro país experimenta, una vez más, el terrible flagelo de la polarización. Esta vez no se trata de un asunto económico, aunque el tema ciertamente ocupe un espacio fundamental para miles de personas que se encuentran en condiciones críticas o camino a la desesperanza.


La “norma técnica” que se ha vendido como una herramienta para clarificar la ruta a seguir por los médicos ante posibles conflictos con el tema del aborto en casos concretos (aborto impune), vuelve a producir una disparidad de criterios. Por una parte, quienes están de acuerdo, la promocionan como un elemento necesario para orientar la conducta de las personas profesionales en la salud frente a conceptos indeterminados, como el que se señala en el artículo 121 del Código Penal. Entonces destacan sus virtudes y concentran la discusión en la vida y la salud de la mujer. Alegan que sólo constituye una reglamentación de un asunto que ya se encuentra en la ley.


En otro orden de ideas, las personas que se oponen observan en la “norma técnica” algunos portillos, porque se amplía, al decir de ellos, ciertos conceptos, para justificar abusos y preparar el camino al aborto libre. Indican que la tipificación del aborto, tal y como lo señala el artículo 121, era más que suficiente para salvaguardar la vida de la mujer en los casos que verdaderamente lo ameritaban.


Algunos profesionales indican que la “norma técnica” constituye criterios científicos que debe observar ineludiblemente el personal médico en cuestión. Que no debe ser un asunto de discusión nacional, porque los derechos de las minorías no deben estar determinado por la voluntad de las mayorías.


Otras personas, también altamente profesionales, indican que algunas decisiones, como la presente, responden a voluntades políticas que se disfrazan para venderse como técnicas o científicas, pero que, en realidad, rechazan el verdadero criterio científico. Que todo se trata de un favorecimiento inmoral a ciertas empresas o corporaciones internacionales que lucran con las prácticas o con la venta de equipos para estos fines.


Alegan, además, que hay otras necesidades de salud pública que involucra a las mujeres; que son prioritarias en virtud del alto número de muertes y de enfermedades que pueden ser diagnosticadas y que, en estos casos, las políticas públicas no responden adecuadamente. De manera que, la preocupación por la salud de las mujeres por los aspectos señalados, por parte de quienes defienden el aborto es meritoria.


Cualquiera que sea la posición que una persona crea, defienda o adopte, lo que verdaderamente preocupa son los niveles de violencia que acompañan estas discusiones. Es lamentable escuchar o leer a profesionales que en un arrebato de prepotencia o de arrogancia intelectual, arremeten contra otros profesionales por tener razones distintas o ideas diferentes. Como si no existiera el derecho a disentir, la libertad de expresión, la libertad ideológica y la libertad de pensamiento.

Con toda facilidad se desarrolla una especie de violencia, algunas minorías que antes reclamaban para sí tolerancia, hoy son los abanderados de la intolerancia. Si alguien se atreve a manifestar que tiene una creencia religiosa o se autodenomina persona de fe, es un enemigo que merece ser exterminado, es un accidente actual que refleja los retrocesos de la Edad Media y debe ser reducido a su mínima expresión. Como en el pleno ejercicio de la razón no existe motivos para odiar a quienes creen o razonan distinto, hay que estigmatizarlos de retrógrados, de fundamentalistas o de propagadores de odio. Hay que señalar que pretenden tomar sus decisiones con base en Levíticos, en creencias judeocristianas y de esta manera, una serie de calificativos fundados en conceptos que apenas han escuchado o leído superficialmente.


No me explico en qué momento la libertad religiosa y de pensamiento dejó de ser parte de los derechos humanos que defendemos los ticos. Hace algún tiempo una señora ligada a la política fue humillada y su dignidad pisoteada por un sinfín de personas, entre ellas altísimos intelectuales, porque se filtró un video en el que la dama hablaba en lenguas en un servicio religioso. Como si se tratara de un delito, de un acto reprochable, los que antes pedían tolerancia en esta ocasión difundían el video como una manera de escarnio. Me preocupó el silencio del INAMU, de la Defensoría y de los grupos feministas pues, en resumidas cuentas, la persona que estaba siendo agredida pública y notoriamente era una mujer. Quizá por atreverse a tener un credo debió ser víctima de tantas ofensas y de un estado de absoluta indefensión.


No soy una persona religiosa, soy un defensor de los derechos humanos, que en esta ocasión ofreceré disculpas a quienes tienen un credo y por ello han tenido que sufrir discriminación, ofensas y estigmatizaciones. Lo hago con el mismo interés y valor con el que en otras ocasiones he defendido a ciertas minorías frente a actos discriminatorios.


Las personas que no tenemos resentimientos con la religión comprendemos que está siendo atacada, que se pretende reducir, que se le relaciona con todo tipo de males. No obstante, hay quienes con información suficiente vemos la religión desde una doble perspectiva, como ese vínculo permanente que une a las personas con su creador, pero también, como lo diría MagPherson, como “consideración cuidadosa, reflexión, entrega de la mente y de todas las facultades al estudio de lo que parece demandar investigación respetuosa y reverente”.


Dicho lo anterior, podría decir que nuestro nivel de educación debe permitirnos disentir, dialogar y debatir; pero nunca, ofender a quienes poseen un razonamiento diferente. Tratar de ignorantes a quienes piensan distinto es un acto cobarde que minimiza nuestra condición como ente pensante.

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