La templanza: Una respuesta a la indisciplina y a la corrupción

Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A


Empiezo revelándoles que, desde hace muchos años, sostengo un “idilio” con la lengua castellana. Lo anterior por cuanto esta contiene una serie de términos o vocablos que me suelen atraer, cautivar y seducir, tanto por su extraordinario significado, como, por lo que pueden hacer de nosotros si ponemos en práctica sus conceptos.


Hoy quiero referirme a la maravillosa palabra: “Templanza”. Este es uno de los vocablos que me cautivó hace mucho tiempo, y que lo sigue haciendo, porque encarna y representa una poderosa arma capaz de enfrentar ventajosamente a muchos de los males que venimos sufriendo los costarricenses como individuos y como sociedad; males tales como la indisciplina y la corrupción.


¿Y qué es templanza?


Inicio señalando para recordar, que templanza es una de las cuatro virtudes cardinales del hombre. Es autocontrol o dominio propio, moderación, sobriedad, continencia. Y lo opuesto a templanza es desenfreno, perversión, libertinaje, deshonestidad; en fin, y la falta de templanza desemboca en indisciplina y corrupción.


Llama poderosamente la atención que hoy, casi no se habla de virtudes, y que, no se le dé importancia alguna a las mismas, siendo fundamentales para alcanzar la excelencia, y para potenciar la convivencia humana en todas sus formas.


Permítanme señalar algunas de las “virtudes” de la virtud de la templanza. Esta es una asombrosa fuente de fortaleza interior, porque nos prepara para enfrentar adversidades y situaciones difíciles. O sea, ayuda a forjar y formar carácter.


Una excelente descripción de esta fascinante virtud es la siguiente:


La templanza asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos, y mantiene los deseos dentro de los límites de la honestidad.

Desde hace varios años, llegué a la conclusión de que el problema más serio que tenemos los costarricenses es la falta de disciplina. Y que le sigue muy de cerca, la corrupción.


Lo triste es que, en los últimos años, ambos males han penetrado las fibras más íntimas de nuestra sociedad, constituyéndose en factores de gran impacto cuyas huellas son tan profundas, que están poniendo en serio peligro nuestra posibilidad de salir adelante y de desarrollarnos como nación.


Debo confesar que no existe una solución mágica ni instantánea para resolver los problemas de indisciplina y de corrupción que aquejan y carcomen a la sociedad costarricense. Sin embargo, abrigo la fe y la firme esperanza de que, Costa Rica una vez más, como en el pasado, podrá levantarse recurriendo a nuestra enorme reserva moral que hemos acumulado a través de los años.


Así es como, embargado por “el espíritu de la esperanza”, vengo a proponerles que echemos manos a la templanza como uno de los mejores “instrumentos” para ayudarnos a resolver nuestro serio problema de indisciplina y corrupción. Porque estoy convencido de que, si los costarricenses cultivamos la virtud de la templanza en nuestros niños y jóvenes, en nuestros líderes, y, particularmente en nuestros líderes políticos; nuestro futuro será promisorio.


Hice un especial hincapié en nuestros líderes políticos, ante nuestra urgencia de tener gobernantes probos que prediquen con el ejemplo. Y porque estos lo podrán lograr si “mantienen sus deseos dentro de los límites de la honestidad”.


¿Y cuál es la propuesta concreta?


Nuestro problema de indisciplina y corrupción es tan serio que casi se ha convertido en un asunto de vida o muerte, y, por lo tanto, mi propuesta consiste en que iniciemos una Mega Campaña Nacional con la intensidad necesaria para que impacte a todos los costarricense, a fin de ir creando conciencia, e ir introduciendo e incorporando la virtud de la templanza en la actitud y el comportamiento normal de nuestros ciudadanos.


Asimismo, y para lograr un cambio permanente e irreversible en nuestra conducta individual y colectiva, propongo que volvamos a echar manos a las dos fuentes que históricamente han sido las responsables de la disciplina y de la formación ética y moral de nuestros bebés y jóvenes a saber: el hogar y la escuela.


En el caso del hogar, mediante la Mega Campana Nacional antes citada, debemos crear conciencia entre los padres de familia de su responsabilidad de forjar el carácter y de fijar las bases éticas y morales de sus hijos.


Por otro lado, es preciso hacer los ajustes necesarios para incorporar la enseñanza y la práctica de templanza en el currículum educativo nacional, especialmente, a nivel de kínder, escuelas y colegios.


A modo de ejemplo, señalo los siguientes aspectos que podrían ser tomados en cuenta para la enseñanza de templanza tanto en el hogar, como, en los centros de enseñanza:


  1. La promoción y estímulo del desarrollo de la capacidad de autodominio o dominio propio.

  2. Evidenciar la necesidad de evitar los excesos. O sea, hacer de la moderación, la sobriedad y la tolerancia una forma de vida.

  3. Enseñar a apreciar y a valorar los logros alcanzados (o lo que se tiene) como causa de felicidad; para evitar que lo “no logrado” (o lo que no se tiene) sea motivo de infelicidad.

  4. Enseñar a distinguir entre “lo necesario y lo superfluo” y entre “lo razonable y lo caprichoso”.

  5. Enseñar y explicar la diferencia entre el ocio o descanso (que es necesario) y la vagabundería u holgazanería (que es altamente improductiva, y, por lo tanto, es fuente de pobreza).

  6. Enseñar y explicar la diferencia entre ser diligente (que es productivo) y ser negligente (que es improductivo), etc.


Las anteriores acotaciones, son sólo algunas cuantas formas en que se puede comenzar a desarrollar y a potenciar la virtud de la templanza en nuestros bebés y jóvenes.


En resumen, nuestro país está en el umbral de una peligrosa encrucijada ante la que, o ignoramos “las señales escritas en la pared”, con lo que, de seguro, nuestro ulterior destino será la centro-americanización de Costa Rica, dejando así de ser la patria excepcional que tanto nos enorgullece a todos. O, tomamos acción y hacemos algo pronto y fundamental para cambiar el presente estatus quo para que retomemos la senda del progreso y de la prosperidad compartida por la que veníamos transitando desde la fundación de la Segunda República.


Mi esperanza es que, con el desarrollo de la virtud de la templanza, logremos derrotar de una vez y para siempre a la indisciplina y la corrupción, que, sin duda alguna, son el “dúo del mal” que nos tiene al borde del abismo.