Los órganos públicos y sus monstruos inútiles de mil cabezas

Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A.


A partir del caso del cementazo, vengo observando y analizando con más atención a las auditorías internas de los órganos del Estado en nuestro país. Y con los últimos acontecimientos de los pasados días, no he podido dejar de hacerme la siguiente pregunta: ¿y qué pasó con las auditorías internas?, ¿acaso no nacieron para fiscalizar y velar por el buen uso de los fondos públicos?


La evolución de las auditorías internas


Señalo para recordar que, como profesión, las auditorías internas surgen apenas en el año 1941 en los Estados Unidos en donde fue creado The Institute of Internal Auditors o el Instituto de Auditores Internos con el propósito de velar por la protección de los activos de las empresas e instituciones ante una serie de riesgos tales como los fraudes.


Las auditorías internas son la línea de defensa de las instituciones para ayudarlas a resolver una serie de desafíos, especialmente los retos de valores éticos que estas enfrentan.


En una encuesta realizada por el Instituto de Auditorías Internas de Costa Rica, el 62% de sus miembros afirman que las auditorías internas brindan servicios de calidad, objetivos y oportunos; y el 59% afirman que las mismas agregan valor a la organización por medio de resultados tangibles. O sea, un alto porcentaje de sus miembros creen que las auditorías internas en Costa Rica son una maravilla.


El crecimiento de las auditorías en las instituciones del país


En la mayoría de los órganos estatales, las auditorías internas se han ido transformando a través de los años. Estas se iniciaron como Auditorías Internas propiamente, luego tomaron la forma de Departamentos de Auditorías, luego se convirtieron en Direcciones de Auditorías, después en Divisiones de Auditorías hasta llegar en algunos casos prácticamente a ser Gerencias de Auditorías.


Señalo y subrayo para enfatizar que los anteriores no fueron meros cambios de nombres, sino que, cada nueva denominación representó un cambio de nivel jerárquico, y consecuentemente, un aumento en la remuneración, no sólo de los jerarcas, sino en muchos casos en las de sus colaboradores. Aunque eran el mismo mono con otro rabo.


Por lo antes señalado, los servicios de auditorías internas se han vuelto crecientemente gravosos, caros para dichas instituciones y, por lo tanto, para el país. Sin embargo, los mismos están muy lejos de representar una mejora en la calidad de la labor fiscalizadora de dichas auditorías internas; más bien, y paradójicamente el resultado ha sido lo contrario. O sea, con el tiempo estas se han convertido en superestructuras pesadas, paquidérmicas y por supuesto sumamente onerosas para el Estado costarricense. Lo anterior, dado el aumento significativo de los costos con respecto a los beneficios que deparan dichos servicios.


Hacia auditorías internas fantasmas


Hoy la mayoría de las auditorías internas de los órganos públicos son como fantasmas porque se sabe que están presentes al representar grandes erogaciones para el Estado costarricense; pero estas no se ven ni se sienten. Y por eso muchos nos preguntamos, una y otra vez: a dónde estaban las auditorías internas durante la gestación y consumación de tantos casos de corrupción, y, sobre todo, durante la terrible y descarada depredación de los recursos públicos en esos órganos estatales.


Las auditorías internas: monstruos glotones inútiles de mil cabezas


Con el crecimiento casi permanente del tamaño y de las estructuras de la mayoría de las auditorías internas de nuestras instituciones públicas, estas se han convertido en monstruos inofensivos e inútiles de mil cabezas. Monstruos glotones que comen tanto que se volvieron pesados e inútiles.


La domesticación de las auditorías internas


Uno de los problemas más serios que sufren las auditorías internas y que explica en mucho que estas hayan descuidado su razón de ser, es que, con el tiempo, se han dejado “domesticar”. Este paulatino sometimiento ha sido provocado por la aceptación de prebendas en forma de viajes, dádivas o regalos, tratamiento especial a sus familiares, y más.


Otrora, la mayoría de los auditores eran indomables, condición que les hacía objeto de gran admiración y respeto; respeto que incluso, infundía un cierto temor. Y, por lo tanto, lo anterior se constituía en una especie de freno para las malas prácticas que no se ajustaban a las ordenanzas. Sin embargo, hoy ante las auditorías fantasmas que están y no están porque no se sienten, las instituciones son fácil presa de todo tipo de actos corruptos y fraudulentos.


Por todo lo anterior, llegó el momento de realizar una profunda valoración de la labor de las auditorías internas, dado el doble efecto negativo que estas están teniendo para el Estado costarricense y para sus muy escasos recursos. Porque, por un lado, como se dijo antes, estas se han convertido en estructuras sumamente caras de mantener; y, por otro lado, al no estar cumpliendo su razón de ser; estas facilitan la pérdida de enormes recursos al pueblo costarricense. Y por desgracia, esas colosales pérdidas que sufre el país, han vuelto prácticamente irrelevantes a las auditorías internas de la mayoría de los órganos del Estado costarricense.


Concluyo, señalando que hoy más que nunca en que existe tanta volatilidad e incertidumbre; tanta ambigüedad y complejidad en nuestro entorno; es imperiosa y urgente la necesidad de realizar una reestructuración de las auditorías internas a fin de convertirlas en verdaderas líneas de defensa de los recursos del Estado costarricense; líneas de defensa capaces de protegernos en contra de la codicia, del descaro, y del oportunismo que provocan las frecuentes y casi ubicuos actos corruptos y fraudulentos en nuestro país.



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