Los ruidos de la desesperanza

Benjamín Sevilla García

Secretario de Juventud de ANEP


Pocos sentimientos en la vida son capaces de hacer tanto daño como la desesperanza, esa condición en la que una persona cree no quedan alternativas para lograr sus sueños o metas propuestas. La situación se vuelve aún peor cuando esta percepción es colectiva, cuando la mayoría de los miembros de un grupo social coinciden en que ya no hay esperanza.


La desesperanza no llega de forma sorpresiva, existen una serie de ruidos que la anteceden, un conjunto de condiciones que previamente señalan que algo no marcha de la mejor manera. Quizá, en estos casos, volvamos a una de las frases más trilladas “es mejor la prevención que la cura”.


La población costarricense en este momento se encuentra en ese estadio previo, el avance hacia el despropósito es cada día mayor. Los ruidos de la desesperanza son diversos, dentro de los principales: el desempleo, la pobreza, las desigualdades, la inseguridad jurídica, la corrupción, los altos índices de criminalidad y el desencanto de la población por la política electoral.


El desempleo encabeza uno de los principales problemas y quizá el factor determinante sobre el que se podría generar una serie de reacciones sociales adversas. Se le adjudica, en parte, a una deficiente reactivación económica y a la falta de adecuadas políticas de empleo. Los sujetos de la desesperanza, en este caso, son en su mayoría personas jóvenes. Personas que experimentan la incertidumbre de no tener asegurado su futuro, de no saber si sus carreras profesionales o su formación técnica serán herramientas suficientes para insertarse al mundo laboral.


La pobreza y las desigualdades son tan ruidosas a lo interno del país que nos llama a una verdadera reflexión. El rostro de la desesperanza son niños, jóvenes y adultos, que cada día que pasa se sienten más endeudados, sin oportunidades para el progreso y fuera de los beneficios del crecimiento económico. Las alternativas giran en torno a ocurrencias legislativas y decisiones políticas que golpean los estratos sociales más vulnerables. Estas decisiones, no sólo perjudican el ingreso de los hogares, sino que nos polariza y nos confronta como sociedad.


Por otra parte, las democracias más sólidas se caracterizan por su seguridad jurídica, por lo que en Costa Rica algunos expertos llaman, “la confianza que los ciudadanos pueden tener en la observancia y el respeto de las situaciones derivadas de la aplicación de normas válidas y vigentes”. Sin embargo, las reformas regresivas en materia laboral y la prevalencia de criterios políticos para interpretar las leyes en detrimento de los derechos fundamentales de la ciudadanía, son aspectos que están a la orden del día en nuestro país.


La corrupción, la criminalidad y el desencanto de la población por la política electoral, son factores que inciden directamente en ese sentimiento de desesperanza. Los electores se sienten defraudados por los partidos políticos y por algunas decisiones de sus dirigentes. Este desencanto, podría desplazar el análisis crítico de la ciudadanía y hacer que se vuelva tras la oferta de cualquier figura populista que se venda como un mesías, o como la mejor alternativa.


Todos estos escenarios son posibles, quizá el último que falta por señalar, es el que tiene que ver con los altos índices de criminalidad. El país debe coordinar de manera precisa su política criminal, su normativa penal y hacer que sean coincidentes con los criterios criminológicos de rigor. Esto no tiene que confundirse con populismo punitivo, sino con esfuerzos objetivos orientados a la prevención y al fortalecimiento de los programas sociales.