Miedo a la Democracia

Lic. Benjamín Sevilla García

Secretario de Juventud ANEP


El ser costarricense se ha caracterizado por su apego a las virtudes republicanas y por mantenerse al margen de conductas revolucionarias negativas. Don Eugenio Rodríguez Vega, en cierta ocasión, indicó: “La historia nos hizo demócratas y hoy vivimos manteniendo nuestra versión especial de la libertad: con errores a veces, con aciertos en otras, vamos buscando a tientas la democracia que queremos vivir”. Sin embargo, esa Costa Rica de ensueños -salvo pocas excepciones-, laboriosa, sin temor, desprovista de las nefastas influencias de la imposición y la fuerza, hoy nos muestra una versión completamente distinta.


El país se dirige al bicentenario de su vida independiente y lejos de sentir alegría, hay nostalgia. Se respira un ambiente de incertidumbre; un constante crecimiento en el descontento social; y, la actitud de la clase política dominante se orienta a la imposición, la torpeza y la improvisación. Por qué culpar a un “joven” por sus imprecisiones. Dejemos que el látigo de la impopularidad se estrelle ante su propia realidad y se convierta para él en esa “vocecita” de la conciencia que le indicará que el camino era otro. Pero nuestra democracia adulta, requiere de políticos maduros, estadistas y experimentados (aquí no me refiero exclusivamente a la edad, para no ser señalado de “adultocentrista”); y los tenemos -aunque no necesariamente en la política- entonces, la “prueba y error” ya no se justifica. ¿Dónde están esos políticos que nuestro país requiere?


Contrario a las desafortunadas declaraciones de una respetable diputada en días recientes, estoy convencido que la clase política dominante le tiene miedo a la democracia. Le tiene miedo a un pueblo que se puede manifestar, y por eso crean leyes prohibicionistas de la libertad de expresión y de manifestación. Le temen a las organizaciones sociales, por eso se crean edificios legislativos similares a las fortalezas que erige una dictadura cuando quiere imponer y reprimir. Pero le tienen miedo también, a aquellas personas que se atreven a pensar, que cuestionan y que plantean otras alternativas. Esas personas de las que el país precisa y que aún se mantienen en silencio.


Miedo a la democracia es la que manifiestan ciertas autoridades cuando hablan en favor de la participación política, pero cercenan la libertad de opinión y el derecho de huelga. ¿Acaso ignoran que una democracia como la nuestra se nutre de las diferencias políticas y de la pluralidad de criterios?


Quizá se les justifique a los políticos tradicionales tener cierto grado de temor, precisamente, porque le han hecho tanto daño a la democracia que los niveles de indignación en la ciudadanía van en aumento. Pueden esconderse al amparo de sus electos leguleyos, de sus repudiables creaciones legislativas o de sus fortalezas de concreto; pero el pueblo, especialmente el más golpeado por las nefastas políticas de empobrecimiento y desigualdades, está despertando.


La señal clara y contundente de que el pueblo está distanciado de la clase política tradicional es el abstencionismo electoral, especialmente el abstencionismo activo, que consiste en la renuncia a ejercer el derecho al voto como un claro posicionamiento respecto de una consulta popular u “oferta política”. Si con todo esto, los “politiqueros” no tienen miedo, el pueblo es más valiente aún y como dicen los abuelos: “para verdades el tiempo”