Un plan de retiro o de jubilación para los pastores

Lic. Benjamín Sevilla García

Secretario de Juventud ANEP


El motivo para hablar del tema surge de la observación de un fenómeno reiterativo y relevante en el mundo evangélico. Trata de las previsiones que se deben asumir para que las personas que ejercen el ministerio pastoral a tiempo completo puedan acceder a su derecho a una vejez digna, compréndase el derecho que se les debe garantizar a una jubilación en el tiempo y las condiciones idóneas. No se bordará el conflicto de los estigmas, “que los pastores son vagos”, “que no trabajan”, “que las personas religiosas no merecen nuestra estima y consideración”, “que todos son unos vividores, o mercaderes de la fe”, y; así, una serie de expresiones torpes que sólo pueden dar vueltas en la cabeza de los ineptos.


Note que lo que sí parece inhumano y de poca consideración cristiana, es que a una persona después de haber entregado su fuerza y juventud al servicio de una obra o misión fácilmente identificable, con personería jurídica y reconocimiento social, se le abandone a su propia suerte y empeño para que resuelva sus últimos años, sin darle el acompañamiento y la solidaridad que requiere para llevar una vida digna.


En el caso costarricense, se evidencia una amplia población de pastores que están o se aproximan a la edad de la jubilación. Otras, en la edad indicada para iniciar un plan de retiro. El asunto es: ¿deben los pastores por cuenta propia tomar las previsiones para su retiro?; ¿es una misión que le corresponde a cada iglesia local?; ¿o, por el contrario, le corresponde a la Iglesia como institución velar por la efectiva jubilación de los pastores adscritos a ella?


Las causas por las que los pastores una vez que llegan a su edad de retiro de la Misión quedan sin un subsidio económico o pensión, parece que responden a varios factores: la falta de una actitud cristianamente genuina, esto por parte de la Misión que olvida su compromiso social, su amor al prójimo y su respuesta al desvalido; los vacíos jurídicos en la materia y otras limitaciones de carácter legal; la falta de previsiones oportunas por parte de la persona del pastor y su indisciplina; la débil gestión administrativa de la Iglesia como institución que la lleva a considerar que el tema es complicado y materialmente imposible de atender; la indiferencia de la iglesia local; y, el egoísmo y la falta de solidaridad de aquellos pastores que permanecen en mejores condiciones socioeconómicas.


Las consecuencias son evidentes, pastores que después de haber entregado toda una vida de servicio y llegada su edad para la jubilación, en un breve acto de solemnidad se les despide, no sin antes, y de manera diplomática, agradecerles por sus años de servicio, pero sin la alternativa de un subsidio que les permita sobrellevar lo que les resta de vida de una manera digna.


Muchas de estas personas que están dedicadas a la labor pastoral, llegada esta etapa de su vida, presentan algunas condiciones de salud crónicas. Aunque se deduce que la vida y las costumbres de los ministros del Señor son un ejemplo para imitar y que sus hijos son personas honorables y con gran sentido de responsabilidad, lo cierto es que las familias pastorales sufren un alto grado de disfuncionalidad, producto principalmente, del desarraigo. Esto, a su vez, es una de las causas por las que muchos de los pastores viven solos y en términos generales distanciados de sus hijos. Un distanciamiento que produjo el concepto errado de dedicarse a la obra de Dios a tiempo completo, pero descuidando el tiempo de calidad, educación y formación que sus hijos requerían (una declaración como esta admite extraordinarias excepciones). En otras palabras, el pastor en su condición de persona adulta mayor enfrenta el látigo de la soledad.


Volviendo al asunto, parte de las dificultades sobre la jubilación de los pastores en Costa Rica tiene que ver con vacíos en la legislación. Dentro de los aspectos de carácter legal o vacíos de ley en cuanto al tema de la jubilación de pastores, hay conciencia de que se necesita una figura de regulación normativa o calificación jurídica para determinar el tipo de relación que tiene la persona del pastor con la Misión. Es decir, si se trata de una relación de corte laboral o si más bien, lo que se da es una vocación o confesión de fe que responde a intereses religiosos de naturaleza extra-laborales.


El tema no es sencillo, pues la Iglesia como institución, no puede verse como una empresa. Los valores, los fines y la organización administrativa, son diametralmente distintos.


Al parecer las confesiones de fe se aproximan más a las libertades ideológicas, las funciones de los pastores tienen que ver, al menos en Costa Rica, con aspectos de mera colaboración, altruismo o benevolencia; y, no siempre media contrato de trabajo. Por esta razón es difícil establecer los límites de obligatoriedad tanto de quien figura como colaborador como de quien ostenta un grado jerárquico superior.


Algunas de las dificultades que se presentan en el ejercicio de la función pastoral para considerarla una actividad que genera obligaciones laborales, y dentro de ellas el derecho a una jubilación digna, es que se debe contar con un reglamento uniforme, uno que no genere desigualdades entre iguales, que permita determinar perfiles, potencialidades, nivel académico, deberes y obligaciones. Esto la sometería al derecho de la constitución, al derecho laboral ordinario y, por consiguiente, la autonomía de la organización estaría sometida a los aspectos del derecho común. Supone también, la necesidad de fijar cuándo un ministro por incumplimiento laboral podría ser despedido aun cuando cumpla con una serie de requisitos de carácter religiosos que son observaciones prácticas de fe y que están fuera del área de competencia de la legislación nacional.


Otro aspecto que se debería observar es, las realidades socioeconómicas de los pastores de las zonas rurales versus la de los pastores de la urbe. Cómo asignarles una cuota equitativa que no genere discriminación entre los pastores de iglesias con ingresos millonarios en comparación con los pastores de iglesias de escasos recursos económicos. La dificultad que se señalaba respecto de no confundir la función de la iglesia con la función empresarial es que ésta última es considerada un espacio laico que no tiene por qué alterar su dinámica para calzar con las demandas religiosas de los trabajadores. Se debe delimitar quiénes son fieles adheridos voluntariamente a una confesión de fe y quiénes son laicos contratados por la iglesia como institución para desempeñar ciertos trabajos, ya sean estos por tiempo indefinido o por plazo u obra determinada.


Otra razón, y que configura la existencia de un contrato de trabajo es la remuneración, en Costa Rica, la mayoría de los pastores no reciben un salario propiamente dicho, sino una especie de subsidio (diezmo) el cual es un aporte voluntario de los fieles de la iglesia y que en reiteradas ocasiones no les alcanza a los pastores ni para sufragar sus necesidades básicas. Nuevamente, es importante señalar que existen excepciones, casos en los que los pastores disfrutan de la totalidad de un diezmo sumamente elevado y lejos de aceptar que la iglesia les asigne un monto proporcional su objetivo es obtener todo (son los casos señalados por muchos como inmorales).


Detalle interesante, en el sentido de apoyar que la iglesia como institución pague un plan de seguro o jubilación es, cómo esta denominación podría aplicar las reglas del Derecho Constitucional o del Derecho Laboral cuando un ministro se aparte de su credo o secularice la función pastoral. Pues esas son razones de fe que no constituyen una causal de despido de acuerdo con la legislación nacional.


De cualquier manera, sea que cada pastor de manera personal luche por un plan de retiro, o que la iglesia local lo apoye complementariamente con ello, lo cierto es que, esto no excluye a la Misión para asumir responsabilidades con las personas que ejercen liderazgo pastoral, sólo se requiere voluntad, disciplina y caridad cristiana.



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