Voces peligrosas: Caso Parmenio Medina

Lic. Benjamín Sevilla García

Secretario de Juventud ANEP


El sábado 7 de julio del año 2001, el país fue sacudido con la trágica noticia del asesinato del periodista Parmenio Medina. El insigne comunicador tenía una particular manera de llamar la atención: su enérgica arremetida contra algunos actos de corrupción y su manera franca y directa de abordar los temas de su interés. Era una especie de voz peligrosa para ciertos sectores dominantes.


La muerte del señor Medina ocupó amplios espacios en la mayoría de los medios de comunicación y en los principales periódicos de circulación nacional. Esto alentó en la sociedad costarricense el sentimiento de inseguridad y dio lugar a una serie de teorías conspirativas.


Los elementos básicos de la seguridad ciudadana fueron ampliamente criticados sin importar el grado de objetividad y los criterios técnicos-profesionales que surgieran.


Los motivos, las causas y las personas involucradas en el caso se volvieron como una sombra, como una leyenda que muchos cuentan, pero nadie puede confirmar. Noticias iban y noticias venían, se solicitaban análisis por parte de personas experimentadas en temas de seguridad, pero nadie podía confirmar a ciencia cierta quién o quiénes había cometido el crimen. Lo cierto es que, se despertó una morbosa inquietud por encontrar al responsable y hacerlo pagar por su atroz delito.


El tiempo transcurrió tras la muerte del señor Parmenio y ante la imposibilidad mediática de dar una respuesta social satisfactoria, aparecen en el escenario algunas figuras forzadas a protagonizar el papel de héroes o bien, el rol de villanos. Surgen personas que ocuparían altos cargos en el Ministerio Público y hasta un sacerdote que, por su carisma y su programa de contenido religioso, innovador y mediático, se perfilaba como un “atalaya” con muchísima influencia y gran poder de convencimiento, como para desplazar viejos liderazgos y suscitar posibles celos en el seno del clero.


Mientras esto sucedía, el problema real continuaba creciendo. La sociedad se polarizaba por causa de la pugna entre la religión y los pseudos-progresistas; entre la libertad de expresión y grupos de poder; entre el periodismo investigativo y el light, el populista.


El caso de Parmenio Medina nos dejó claro que en Costa Rica se persigue a figuras con incidencia política, al otro como enemigo, si no se identifica al responsable, se debe involucrar a una figura mediática o, a cualquier persona que constituya una voz disidente en el país.


Nuestra sociedad abandonó el sentido crítico que se requiere para tratar las verdaderas dificultades y se viene abocando, cada día más, a la búsqueda continua de culpables (una especie de inquisición).


El problema de este ejercicio es que, por un mal manejo de la información, se podrían silenciar las voces de las personas que están a favor del pueblo. Así, no nos debe extrañar que líderes de los movimientos sociales sean llevados a estrados judiciales, y que sus luchas sean criminalizadas.


El caso Parmenio Medina inauguró un escenario en el que se prohíbe realizar denuncias en contra del poder político y del poder económico. Constituye una llamada de atención, una especie de acción ejemplarizante para que en estos campos nadie se atreva a denunciar irregularidades.

Finalmente, los medios de comunicación -con algunas excepciones- manifiestan un particular interés en la sangre, en la muerte, en los hechos sin esclarecer. Pero es poco o nada, lo que realizan por educar a la población, por aportar a la cultura o por informar con objetividad. Tienden a darle mayor importancia al populismo, al castigo, a la “cero tolerancias”, al morbo, quizá porque esto vende. Pero al mismo tiempo, orientan a las masas a un camino de desinformación y caos.