Yo soy “Pegabanderas”

La trascendencia de éstos en la política


Ing. Clinton Cruickshank S., M.B.A.

Me complace de sobremanera, abordar aquí, el tema de los famosos “Pegabanderas”; actividad que, desde hace ya algunos años, ha sido injustamente vilipendiada, y, por lo tanto, repudiada.


Yo he sido “Pegabanderas” toda mi vida, y espero seguirlo siendo mientras esté en la política y Dios me dé salud y vida.


Subrayo para enfatizar que, lo que muchos llaman despectivamente “Pegabanderas”, es una de las actividades más hermosas y gratificantes de la política.


En el pasado, y como “Pegabanderas” tuve la invaluable oportunidad de peregrinar casa por casa por pasillos, trillos, veredas y alamedas de barrios y caseríos con distintos grupos de compañeros y compañeras; visitando a ciudadanos para convencerlos de la conveniencia de abrazar el “evangelio” de nuestro partido; en este caso, del Partido Liberación Nacional. Y en ese proceso, logramos desarrollar la capacidad, habilidad y destreza de convencer a muchos ciudadanos de la conveniencia de apoyar a nuestro partido y a sus candidatos. Y una vez convencidos, solicitarles que nos permitan pegar una bandera en su casa como testimonio de su adhesión a nuestra causa, y, como señal de que ahí profesan y son seguidores del “evangelio” de nuestro partido.


En ese proceso, siempre tuvimos la invaluable oportunidad de escuchar a los ciudadanos, de conocer su problemática in situ, y, muy especialmente, de aprender de ellos; de entender mejor los problemas que aquejan a las personas de carne y hueso en los intríngulis de la vida. E, incluso, solíamos tomar nota y recoger valiosas ideas, propuestas y soluciones planteadas por ellos, siendo los que mejor conocen en dónde les aprieta sus zapatos. Por eso esas jornadas como “Pegabanderas” representaron siempre, una extraordinaria oportunidad de aprendizaje para todos nosotros.


No se trataba sólo y simplemente de pegar banderas, era muchísimo más que eso. Se trataba de lo que llamo en mi libro: “El Método del Buen Gobierno. Un camino de éxito en el Arte de Gobernar”, la “Política al Menudeo”; o sea, la política que sólo es posible con la gente; porque las campañas políticas y la política misma son en esencia un conjunto de relaciones bidireccionales; relaciones que son facilitadas por la plataforma que tan despectivamente no pocos hoy llaman los “Pegabanderas”.


Algunos momentos difíciles


En honor a la verdad, también hubo momentos difíciles en los cuales, nos rechazaban, nos echaban, y en que no querían vernos ni escucharnos. Y hubo un acontecimiento especial, sui géneris que nunca olvidaré. Al llegar a una casa, el jefe de la familia nos recibió enojado y furioso, y nos echó encima un cántaro de agua.


Luego supimos que se trataba de una familia muy frustrada por las muchas necesidades por las que estaban pasando. Y de ese caso extremo saqué la muy útil enseñanza sobre hasta dónde podía llegar el ser humano cuando se encuentra arrinconado, frustrado y desesperado.


Por cierto, aunque sufrimos tremendo susto, lejos de molestarnos, ese acto nos impulsó a misericordia y pudimos apoyar a esa familia. Hicimos el propósito de volver a esa casa, ya no para “evangelizarlos” con el mensaje de nuestro partido ni para pegar nuestra bandera como testimonio de que ahí teníamos seguidores. Ya eso no era relevante. Y cuando llegamos, la familia cambio totalmente de actitud y estaba muy apenada por habernos recibido de esa manera.


No insistimos con lo de la bandera. No procedía porque ya no se trataba de un voto más o uno menos; se trataba de unos compatriotas que al igual que muchísimas familias costarricenses, nos ayudaron a entender y a reafirmar cuánta tragedia pasa tanta gente en esas trincheras de la vida. Y nos ayudaron también a entender cuánta es nuestra responsabilidad como líderes políticos y nuestro reto y desafío de apoyar a la gente como ellos para que encuentren un camino para salir adelante con sus familias.


Ese fue sólo uno de los cientos de casos que constituyeron el extraordinario currículum de las múltiples y variadas enseñanzas que como recompensa recibimos como “Pegabanderas”. También entendí que era parte del proceso de sensibilización necesaria e indispensable que debe vivir y experimentar todo dirigente político a fin de que mantenga sus “pies en la tierra”.


Asimismo, fue en la trinchera como “Pegabanderas” que pude practicar y desarrollar la “empática” costumbre de: “Ponerme en los pies de los demás”, práctica que es una de las más efectivas para desarrollar la cultura y el compromiso con el “Bien Común”; el que, a su vez, es la piedra angular de todo sistema de convivencia.


Sí, efectivamente, esos fueron los valiosísimos subproductos que recibí como recompensa por haber sido lo que hoy llaman con tanta ligereza, cizaña y desprecio, “Pegabanderas”. Fue parte de lo que me enseñó, y me llevó a la más profunda convicción de que, el instrumento de la política podía y debía hacer más por la gente. Y, es esa convicción la que avivó el fuego y la pasión en mi alma. Fuego y pasión que se convirtieron en el motor que me impulsó a prepararme más y mejor para ser útil y para ejercer un liderazgo de servicio a los demás desde cualquier plataforma de mi vida.


Esas jornadas como “Pegabanderas” me dieron la oportunidad de ver y de observar a mis conciudadanos; de estrecharles la mano y abrazarlos; de mirarlos fijamente a los ojos; en fin, de conocer de verdad a los que los políticos pretendemos representar. Esas jornadas como “Pegabanderas” me expuso a la gran sabiduría de esos hombres, mujeres y jóvenes a menudo sin rostro ni voz, pero a los que ciertamente nosotros pudimos, por lo menos en ese breve instante, ponerles rostro y darles voz. Sí ellos me ayudaron a quitar la venda de los ojos de mi alma, abriendo mi entendimiento hacia una realidad insospechable hasta entonces; una realidad que, a partir de esos fructíferos años, me permitió una y otra vez, parafrasear el siguiente adagio que desde hace ya muchos años hice mío:


“Las barriadas crían letrados, y las chozas de los campesinos encierran filósofos”


Así pues, todas esas magníficas enseñanzas de mi “pegabandería”, fueron y siguen siendo la gran nodriza que alimenta mi espíritu. Sin embargo, veo con tristeza como, por simpleza e ignorancia, no son pocos, los que despectivamente, y pretendiendo, según ellos, insultar y ofender a otros, suelen etiquetarlos de “Pegabanderas”. ¡Qué horror! Y ¡Cuánta arrogancia e ignorancia!


Reitero y subrayo: Yo soy producto de esa trinchera, y, son esas las ubres que amamantaron mi alma política. Por eso, por honor, afición, profunda convicción, e, imperecedero agradecimiento: YO SOY Y SEGUIRÉ SIENDO UN “PEGABANDERAS”.


Por todo lo anterior, quiero exhortar a todos los jóvenes de buena voluntad, y que, sin prejuicios en verdad desean aprender el verdadero “Arte de Gobernar”, a que entren en esa trinchera. Lo anterior, siempre y cuando, genuinamente aspiran a practicar la verdadera política, a adquirir y desarrollar empatía y sensibilidad social, y a generar pasión; sin la cual, la política queda degradada a la simple categoría de aspiración personal.


No obstante, lo antes dicho, permítanos señalar para aclarar, que, aunque en general, lastimosamente se eliminó la actividad propia o específica de pegar banderas en las campañas políticas. Sin embargo, prevalecen una serie de tareas afines tales como: las jornadas de visitas casa por casa, las que algunos llaman “chancleteo”, los piquetes, etc.


En esas jornadas de “casa a casa”, a veces se suele entregar calcomanías y otros signos externos. Estas actividades son para todos los efectos muy similares a las del otrora “Pegabanderas”, excepto que son más fáciles y menos exigentes, al dejar de representar el reto de convencer a la familia para que se identifique abierta y públicamente con una bandera en el techo de su casa.


O sea, los beneficios pueden ser prácticamente los mismos, el aprendizaje es excelente y se logra desarrollar casi las mismas destrezas y habilidades políticas que describimos como inherentes a la actividad de los “Pegabanderas”. Es la misma esencia, es contacto con la gente, con los electores, con los que representan en fin mismo de la política.


Finalmente quiero señalar para subrayar y aclarar, que los beneficios de esas enseñanzas de la escuela de “Pegabanderas” no bastan para llegar a ser un gran líder político. Esas maravillosas lecciones y enseñanzas políticas son fundamentales, pero deberán ser complementadas con preparación académica, y acompañadas por muchísima lectura, reflexión y discusión e intercambio de ideas; con visitas a distintos sectores sociales y económicos; todo lo anterior, a fin de adquirir la disciplina, el rigor, y alcanzar la profundidad necesaria para responder con solvencia a las crecientes complejidades del Arte de Gobernar en este Siglo XXI.


Concluyo llamando la atención sobre el hecho de que, hoy, muchos pretenden hacer política dentro los círculos cerrados y exclusivos de los chats de las redes sociales, especialmente en WhatsApp. Las redes sociales son sin duda alguna, excelentes medios complementarios para la actividad política. Pero de ninguna manera son sustitutos de la política del contacto personal ni la de la relación bidireccional que es esencial en la política. Por lo tanto, los que abrigan esa esperanza, sólo están perdiendo su tiempo, engañándose a sí mismos y engrosando la lista de los que pretenden: “Gobernar para el pueblo, sin el pueblo”.


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